Ya no hay “lilas”, ya no hay “gatas”…

badilla

¿Han escuchado ustedes todas las sandeces innombrables que les gritan a los jugadores en un partido de fútbol? ¿Han oído destilar esos ríos de rabia enconada que vomitan miles de seguidores del fútbol, especialmente en un estadio donde se enfrentan dos equipos de futbol tradicionalmente antagónicos?

Pues bien, todo eso puede desaparecer en un santiamén, como por arte de magia. Basta que ocurra algo como la muerte de un reconocido futbolista como el saprissista Gabriel Badilla para cambiarlo absolutamente todo.  Ya no hay “lilas”, ya no hay “gatas”, como suelen denominarse entre sí, despectivamente, los fanáticos de los dos equipos de futbol más populares de Costa Rica.

Ahora todos somos hermaniticos, ahora todos amamos a Gabriel Badilla, ahora no hay diferencias, ahora todos nos unimos, aunque en solo tres días esos equipos se vean las caras de nuevo y cada quien saque la versión más negra de su diccionario para derramarlo sobre todos los que se le pongan por delante.

Y yo me pregunto: ¿De verdad será que uno tiene que morirse para que lo amen así, con amor desbordante?  ¿Será que solo en el trance de la muerte, que vemos pasar abruptamente frente a nosotros, recordamos que todos somos una misma esencia, que no hay diferencia, que podemos amar y ser amados sin distinciones de colores deportivos, credos religiosos, orientaciones sexuales, nacionalidades o preferencias políticas.

¿Por qué se nos olvida tan rápido y unos días después de esa muerte volvemos a ser los mismos, los mismos que marcamos nuestra cancha, nuestro territorio, para dejar muy claro que el otro  nunca es mejor que yo, que merece ser atacado, ninguneado, vilipendiado y hasta acribillado?

¿Por qué será que no podemos cambiar este nefasto patrón en vida? ¿Será que la fragilidad de la muerte física despierta momentáneamente en nosotros la conciencia de un origen que nos es común y que ya viene grabado en nuestras células y que nos habla del respeto al otro como un algo sagrado, más allá de todos los defectos que tenga en su paso por la Tierra?

Y sigo de preguntón: ¿Y si nos atreviéramos a hacerlo diferente? ¿Qué tal si nos atreviéramos a amar a nuestro adversario, si pudiéramos ver en él un emisario, un mensajero para aprender de él y con él y crecer hasta trascender?

¡Miren todo lo bello que se expresa un país entero sobre un ser humano! Y si un día nos levantáramos de la cama todos, decididos a recitarle a todos los que se nos atraviesen en nuestro camino lo maravillosos que son, lo valiosos, lo importantes que son para nosotros, más allá de sus mal llamados defectos… ¿Qué tal si nos enfocáramos solamente en las virtudes, aceptando que cada quien vive sus propias vicisitudes?

¡Dirían que estamos locos, verdad! Pero no hemos descubierto que la verdadera locura es seguir denigrando a los otros, a los que no son como nosotros. La verdadera locura es seguir comprando ese viejo cuento de que la gente es malvada por naturaleza y no tener la entereza de expresar con soltura esa nobleza que llevo por dentro y que hace que no sea en vano llamarme ser humano.

 

Arturo Álvarez es coach personal, escritor y facilitador de talleres y procesos de crecimiento personal. Es el autor del libro La Oruga que quería ser Mariposa. También es conductor, junto a Marcelo Castro y Patricia Taborda, del programa radial Cuando Vuelves a Casa que se transmite todos los lunes de 5:00 pm a 7:00 pm por Columbia Estéreo 92.7 FM.

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