¡Cantemos el himno nica!

ArturoSí, ya sé: la mayoría querrán mandarme a la hoguera. A muchos otros les dará nauseas, y unos más dirán que soy un costarricense de pacotilla con poco respeto por nuestra identidad y nuestros símbolos y valores patrios.

Pero lo diré sin tapujos, sin pelos en la lengua: yo estaría feliz de que en nuestras escuelas se cante el Himno Nacional de Nicaragua y, por qué no, también el de otros países, cuyos nacionales han comenzado a encontrar en este terruño abrigo, sustento y esperanza.

Amigos, les aseguro que no vamos a perder el pedigree por entonar las notas de un himno nacional de un país vecino en nuestra propia tierra.

De hecho, ni siquiera entiendo por qué tanto brinco si el suelo está parejo: setiembre es el mes de la Independencia de todo Centroamérica y aquí, en estas tierras, para bien o para mal, tenemos miles de niños de origen nicaragüense y obligarlos a olvidar sus símbolos patrios es un acto mezquino de nacionalismo que no encaja con el valor de fraternidad del que tanto nos jactamos.

No, nadie ha dicho que vamos a rendirle pleitesía a Daniel Ortega y su combo. Comparar nacionalidades con gobiernos es tan irracional como afirmar que los ticos nos odiamos a nosotros mismos solo porque tenemos el presidente más impopular de todo el continente.

Quisiera pensar que a estas alturas del partido ya los costarricenses estamos trascendiendo ese tufo de sentirnos los superiores en Centroamérica.

Quisiera pensar que no vamos a cortarnos las venas, ni a sentir como una afrenta el que entonemos, ocasionalmente, otros himnos en un acto que nos acerca más a convertirnos en ciudadanos del mundo y no en aldeanos que no queremos ver más allá de las narices de nuestras fronteras.

Ustedes díganme lo que quieran, pero tengo tantos amigos nicaragüenses, seres humanos maravillosos a los que amo con toda mi alma, que solo pienso en el gesto maravilloso de permitirles recordar sus raíces libre y espontáneamente y siento que eso los hará al menos un poco más felices.

Es que he escuchado sus historias, he presenciado sus lágrimas por toda la chota, burla, ninguneo y desprecio del que fueron víctimas desde que pusieron un pie en este país solo por el gran “pecado” de ser nicaragüenses. Y la verdad, eso no se vale. Eso pinta un retrato del ser costarricense del que no me siento precisamente muy orgulloso.

Ay, ya sé que muchos me mandarán a vivir lejos de aquí si no me siento honrado de la identidad costarricense. Claro que amo el ser tico y todo lo maravilloso que ello implica. Pero no seré yo quien tape el sol con un dedo. Al pan, pan y al vino, vino. Aunque nos duela, aunque nos caiga sal en la herida.

Ya basta de dobles caras. Ya basta de llenarnos la boca diciendo que somos el país modelo en el trato a los extranjeros que nos visitan. Es que somos buenos para “pelarle el diente” a los estadounidenses y otros occidentales que traen aquí sus dólares, pero parece avergonzarnos el vecino del país del norte que viene a ganarse el sustento con el sudor de su frente, haciendo muchas veces lo que los ticos hemos renunciado a hacer por considerar que no son trabajos dignos para nosotros.

Tenemos una doble moral espantosa cuando amamos al seleccionado nacional de origen nicaragüense, Oscar Duarte, por estar en el equipo patrio y hasta hacer goles en el mundial, pero desdeñamos a los otros miles de niños convertidos en adultos que tienen el mismo origen que él.

Nos toca bajarnos de la nube. Ya es tiempo. Nos llenamos la boca diciendo que somos un país educado, evolucionado y de nobles valores, pero seguimos levantando la barbilla, mirando por encima del hombro a los vecinos de al lado, presuponiendo que somos diferentes, que somos mejores.

Hago votos porque el nacionalismo vaya cada vez más cediendo lugar al humanismo, porque dejemos de ver progresivamente banderas y comencemos a ver en los otros simples y llanos seres humanos como nosotros, con sus propias fortalezas y flaquezas.

¿Será que aún no hemos abierto los ojos y descubierto que las migraciones en todos los extremos del orbe hablan a gritos de un sistema de fronteras, países y nacionalidades que comienza a desmoronarse a pasos agigantados?

Debe ser porque me tocó vivir en un país muy grande del norte donde los latinoamericanos son ninguneados por algunos fanáticos fascistas que hasta podrían tomar las riendas de ese país. Debe ser por eso que, seguro tontamente, sueño con que eso pronto sea solo un mal recuerdo de tiempos cuando los humanos habíamos olvidado que todos somos hermanos.

                                               

Arturo Álvarez es escritor, motivador y coach personal. Es el autor del libro La Oruga que quería ser Mariposa. También es uno de los conductores del programa radial Cuando Vuelves a Casa que se transmite por Columbia Estéreo 92.7 FM, todos los lunes de 5 a 7 pm.

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