¿Quién dice que no hay trabajo?

¿Preocupado porque no hay trabajo?  Trabajo sí hay. Siempre hay trabajo. Lo que no abundan son trabajadores dispuestos a marcar la diferencia, a salirse del montón, a dar esa milla extra que muy pocos dan.

   Las transmisiones, ayer, en medio de la grave tormenta, del nuevo y joven periodista de Telenoticias, Dudly Lynch, son una bocanada de aire fresco en el periodismo de televisión y nos recuerdan a todos que solo basta ser excelente en lo que hacemos para tener siempre las puertas abiertas en cualquier lugar.

  Lynch, recientemente despedido de Noticias Repretel, tomó con mucha madurez y sabiduría su cese laboral.  Tuvo calma en medio de la tempestad. Y muy pronto encontró nueva casa en el canal de La Sabana.

  En medio de la intensa lluvia, rodeado de la tragedia de grandes inundaciones, Dudly mostró aplomo, equilibrio y serenidad.

    Nos mostró, además, que posee una excelente dicción, y una sorprendente capacidad para mirar todos los ángulos posibles de una noticia, sin sobresaltos, sin gritos, sin titubeos,  como lo hacen los grandes.

     ¿Cuál será el secreto del éxito de Dudly? Aquí no hay suerte. Tampoco hay recetas mágicas. Estoy seguro que él entiende muy bien que para conseguir algo que pocos consiguen, hay que atreverse a hacer algo que muy poco tienen las agallas de hacer.

  ¿Trabajo? Trabajo siempre hay. De lo que estamos ayunos es de seres humanos que dejen huella en todo lo que hacen.¡Muy bien por Dudly Lynch!

Arturo Alvarez es periodista, escritor, coach, motivador y programador neurolingüístico. Es uno de los conductores del programa radial HOY TOCA SER FELIZ, que se transmite todos los sábados a las 10:00 am. por Teletica Radio 91.5 FM.

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El poder de decir no

 

3D No with Red Dices

 

Son apenas dos letritas, al parecer insignificantes, pero pueden cambiar vidas, alterar la historia,  levantar a los caídos y sacudirlo todo.

A mí me encanta la palabra sí. Está tan llena de energía, de optimismo, de “vamos para adelante”.  Pero es que ese NO es tantas veces crucial para que este asunto de la vida nos lleve a buen puerto sin perder la brújula.

Algunas veces para ver muchos sí en la vida tenemos antes que decir no: no a eso que ya no sirve en nuestras vidas, no a quienes nos quieren llevar cada día por su ruta y no por la que te indica tu corazón,  no a esas relaciones que hace rato murieron y pretendemos que aún viven, no a eso que nos daña, nos ofusca, nos deprime o nos amarra a ese letargo a veces infinito de nuestra zona de confort.

Sí, yo sé que incontables veces decir que no levanta roncha, frunce ceños, desata amarguras, resentimientos, dudas y hasta esa palabra tan desagradable: culpa.

 Es que nos enseñaron a ser tan modositos, tan correctos, a no incomodar a nadie que preferimos decir siempre sí, aunque nos lleve la trampa, aunque dejemos de ser nosotros, aunque perdamos nuestra esencia.

Y entonces, ¿dónde quedó aquello de “amar al prójimo COMO A TI MISMO”?.  Sí, hay que amar al prójimo, quererlo, ayudarlo y respetarlo, pero, me disculpan, no a costa de nuestra permanente incomodidad. 

Nos toca hacer de malabaristas entre el sí el no que damos cada día para que nuestra vida tenga equilibrio, para que nuestra existencia no se mueve solo al compás de los sí que todos quieren que les brindemos cada día.

Vamos a empezar por querernos un poquito, por hacer que los otros entiendan nuestro valor, nuestro derecho a negarnos cuando lo consideremos oportuno, nuestro derecho a ser asertivos, a decir las cosas por su nombre y ese menú también incluye la palabra NO. Se llama autoestima y nadie le sienta mal un poquito más de ella.

Mirémoslo así: después de toda la  tempestad que a veces implica decir no, se asoma una hermosa calma, un alivio, una certeza de que hicimos lo correcto,  una luz que nos indica que respondimos con la brújula que llevamos en el corazón.

Hemos satanizado el no.  Lo hemos asociado a lo negativo, a lo restrictivo, a cerrarnos a lo nuevo a lo inflexible. Y no es así. El sí y el no son como el día y la noche, como el yin y el yan, como el silencio y el ruido: ambos necesarios para que la vida goce de un hermoso  balance.

 Ay, pero cuántos problemas trae tantas veces no aprender a decir no. Creamos verdaderas bolas de nieve que  hasta terminar por atrapar nuestra existencia.

Los expertos tienen mucho que decir al respecto. Edward de Bono, psicólogo originario del Malta, a quien se considera pionero en las investigaciones sobre los mecanismos del pensamiento  considera, en su libro El pensamiento práctico, que el No es el instrumento más poderoso del pensamiento humano.

Esto les sonará extraño, pero decir que no en incontables veces le da un mayor valor al sí. Es que quien siempre asiente, nunca disiente. Ese sí es tantas veces un deseo de agradar, de no ser rechazado, de ser visto como alguien especial.

Y, lea muy bien esto: en el inconsciente de los seres humanos, las personas que nunca se niegan, que siempre dicen sí a todos, son mucho menos valoradas. Voy a pedirle que no rechace de buenas a primeras esta afirmación. Revise alrededor, en los suyos, en familiares, compañeros y amigos.

Quienes aprender a decir no cuando corresponde, son personas más respetadas, se les considera con carácter, firmes y muy seguras de sí mismas.

Así que vayamos dejando de lado ese sí que ya funciona en piloto automático y aprendamos a evaluar nuestra respuesta, a que ese sí o ese no sea el resultado de una cuidadosa evaluación de los pros y contra de cada situación. Aprendamos a poner límites y para hacerlo la palabra no juega un rol fundamental.

Que nuestros no sean el producto de un profundo diálogo interno en el que podamos reflexionar, viajar a nuestro interior y discernir la conveniencia o inconveniencia de lo que se nos presenta.

Steven Covey, autor del libro Los Siete Hábitos de la Gente Altamente Efectiva, lo plasma muy bien cuando afirma: “Tienes que  decidir cuál es tu máxima prioridad y tener el coraje de decir no a las demás cosas.

Y cierro diciendo algo que leí por allí: algunas veces es mejor decir no y que se molesten con nosotros, que no decir sí y molestarnos con nosotros mismos.

 

Arturo Álvarez es escritor, coach y facilitador de talleres y procesos de crecimiento personal y grupal. Es autor del libro La Oruga que quería ser Mariposa. También es uno de los conductores del programa radial Hoy Toca Ser Feliz que se transmite todos los sábados de10:00 am a 11:00 am por Teletica Radio 91.5 FM

 

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¿A trompadas y abrazos!

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Dicen que Donald Trump tuvo un sueño…más bien una pesadilla: Veía cómo cientos de sus coterráneos recibían a inmigrantes con los brazos abiertos, con bombos y platillos, en los mismísimos aeropuertos estadounidenses…

De repente despertó y la pesadilla comenzó a convertirse en realidad. Por unos cuantos trogloditas que han hasta pateado a otros seres humanos, solo por el gran “pecado” de tener un ascendente extranjero, las imágenes de la televisión muestras a otros miles que han abierto sus corazones y le están diciendo a los inmigrantes: estamos con ustedes y los amamos.

Yo apostaría uno de mis dientes a que Donald Trump, muy avezado en eso de las fríos negocios, no entiende mucho de eso que llaman la Ley de la Polaridad: cuando algo o alguien se acerca a un extremo o decide llegar a ese punto,  otro extremo inmediatamente se activa para hacer que todo encuentre de nuevo su balance, su punto de equilibrio.

Donald Trump no comprende que cuando un ser humano siembra el odio irracional, en alguna parte, de inmediato, muchos empiezan a abrazar el amor incondicional como contrapeso. La vida, así, con sus contrapesos, es siempre maravillosa y especialmente sabia.

Por eso, Trump, a pesar de sus pesares y sin proponérselo, se está convirtiendo desde ya en todo un maestro espiritual; está despertando al gurú que vive en cada uno de nosotros para empujarnos a actuar con consciencia, con sabiduría. Nos sacude, nos cachetea, nos empuja a evolucionar, a acercarnos mucho más a ese balance que como humanidad aun no terminamos de alcanzar.

¿Que si me gusta Trump o no y todas su excentricidades? No, para nada. ¡Que torta! Porque bien dicen que todo eso que nos incomoda nos acomoda. Todo eso que rechazo con vehemencia es solo un interruptor que activa en mi algo que sigue en tinieblas, algo que no quiero ver, algo que sigue escondido en algún rincón de mí y que se resiste a salir a la luz.

Uno diría, aunque duela decirlo, que todos llevamos un pedazo de Trump muy dentro de nosotros. Seguro nos gustaría hablar a “calzón quitado”, sin tapujos, dejar de ser tan modositos, tan formales, tan acartonados y llamarle al pan pan y al vino vino.

 Nos gustaría ser más plantados y salirnos del canasto. Nos gustaría, a veces, dejar salir nuestros demonios reprimidos y permitirles que se expresen sin tapujos.

Lo que quizá no entendemos bien es que es que hablar y actuar a las trompadas puede desatar una avalancha de proporciones inimaginables que bien puede terminar arrastrándolo a uno mismo.

Quizá Trump despierte también una sonrisa cómplice entre muchos que veían al mundo encadenarse a una globalización que más parecía una homogenización, una robotización, una pretensión desmesurada de hacernos a todos consumidores igualitos, borrando de un zarpazo nuestras identidades, nuestras personalidades, nuestro propio acervo cultural.

Y no es que uno esté en contra del libre comercio mundial. Es que una cosa es que compartamos lo mejor que cada país tiene para ofrecer y que eso nos enriquezca a todos y otra muy diferente es que unos cuantos tagarotes se hagan dueños del mundo y nos pongan a consumir solo lo que a ellos se les antoje.

En fin, claros y oscuros que uno puede apreciar en el nuevo titular de la Casa Blanca y todo lo que está desencadenando.

Por cierto, han notado que el nuevo presidente estadounidense también tiene un parecido gigantesco al matón del barrio. ¿Lo recuerdan? Ese que hacía lo que le venía en gana so pena de darle una buena trompada al que no complacía hasta sus nimiedades. Solo que esta vez el vecindario ha crecido: ahora le llaman la aldea global, y esto ya no es un juego de niños.

 

¡Oopss! El detalle es que también recuerdo que en el barrio un buen día todos se armaron de valor y terminaron poniendo en su lugar al matón y todos sus arrebatos.

¡Hagamos un trato! No le demos un portazo tan rápido a Donald Trump. Abramos muy bien los ojos, despertemos nuestra consciencia, examinémonos como individuos, como sociedad, como humanidad.

Preguntémonos primero que hay en nosotros del Trump nacionalista a ultranza que cree que su país es el mejor; que en hay nosotros del Trump arrogante, a veces mentiroso, confrontativo, ególatra, caprichoso y ambicioso en extremo.

Nuestro despertar será tan rápido o tan lento como nuestra capacidad de hacernos preguntas y de aquietarnos para escuchar suave y honestamente nuestras propias respuestas.

 

Arturo Álvarez es escritor, coach y facilitador de talleres y procesos de crecimiento personal y grupal. Es autor del libro La Oruga que quería ser Mariposa. También es uno de los conductores del programa radial Cuando Vuelves a Casa que se transmite todos los lunes de 5:00 pm a 7:00 pm por Columbia Estéreo 92.7 FM

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¡Voló a California!

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Me emociona mucho compartir con ustedes, que un pedazo de mí en forma de libro se va a quedar allá en California. ¡Si!, porque este libro que es mi obra titulada "La Oruga que quería ser Mariposa" estará disponible en la librería Lider en la ciudad de Paramount. 

Si usted es de las personas que sueña con cosas grandes y no ha llegado hasta ahí, si usted está en el proceso y está buscando herramientas, o si usted ya consiguió esos grandes sueños, pero sueña con escalar cumbres muchísimo más altas, definitivamente esta obra es para usted. En este libro te comparto 77 capítulos, trucos, instrumentos, herramientas para dejar de ser, como digo yo, un simple gusano y aprender a volar. 

Este libro es el producto de muchos años de experiencia de vida y muy especialmente producto del intercambio de aprendizaje con muchísimas personas a lo largo de cientos de talleres, charlas y capacitaciones. 

Viví muchos años en el sur de California y nada me alegra más que saber que un pedazo de mí se va a quedar allí en la que es realmente mi segunda casa. Así que te invito a visitar la librería Lider para que puedas adquirir este libro << La Oruga que quería ser Mariposa >>

Estuve en un par de ocasiones en la librería Líder y encontré muchísimos libros para tu crecimiento espiritual, personal y profesional.

Ojalá que la vida te regale muchísimas oportunidades de aprender a ser feliz para que puedas compartir tu receta con muchísimas personas. 

A ti que me sigues día a día, a ti que has confiado en mí y has puesto en mis manos la responsabilidad de ayudarte a encontrar esas respuestas que pensabas nunca ibas a hallar, te adelanto que serás parte importante en la materialización de mi segundo libro, de nuestro segundo libro. Solamente tienes que estar pendiente de mis medios de comunicación y estaré feliz de que juntos contruyamos luz para tantas personas que aún no encuentran el camino hacia la felicidad que tanto nos pertenece a todos.  

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He decidido morir

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Saben qué: voy a morirme de una vez por todas. ¡Qué mejor tiempo para hacerlo que ahora que un año está a punto de exhalar su último aliento. ¡Nos marcharíamos juntos!

Es que esto tiene que acabar. Todo eso que no me gusta tiene que irse y cuanto antes se vaya es mejor. Entonces voy a aniquilarme… pero no completamente. Voy a aniquilar esas partes de mí que de todas maneras ya empezaban a resultarme nauseabundas.

Este es un buen momento para matar al viejo ser humano que vive en mí; ese que a veces se siente chiquito y    que olvida que lo habita un alma con poder hasta el infinito.

Ya voy a dejarme de excusas baratas y voy a empezar a quererme en serio, a dejar de ser un simple mendigo del amor ajeno y de todo ese que se vende en vitrinas maquilladas con luces y guirnaldas y que solo adormece por un rato los vacíos que a veces cargo en el alma.

Ya fue suficiente también de ese viejo sujeto que tantas veces ha sido un títere de los demás, de las circunstancias y voy a amarrarme los pantalones para ser yo mismo, de verdad, así con todas mis cuitas y mis bellezas.

Voy a dejarme también de tanto drama, de estar buscando chivos expiatorios, responsables de mis dichas y mis desdichas y voy a vivir convencido de que nadie puede hacer daño, ni tampoco nadie puede hacerme feliz, si yo no lo permito, si yo no abro mi mente y mi corazón a ese torrente de emociones que a veces me enriquecen y otras tantas me envilecen.

Es tiempo de parir, de nacer de nuevo, de dar a luz un nuevo ser, de empezar un año como quien empieza una vida: como si todo fuera nuevo, como si de todo y de todos aprendiera, como si borrara de una vez por todas todo eso que pasó, con sus gracias y sus desgracias porque lo único que tendré para vivir son este puñado de instantes, que ni siquiera sé si se multiplicarán o si se acabarán en un santiamén como todo lo que ustedes ven.

He decidido darles más besos y abrazos a mis padres porque es la única manera de ese gran amor encuadre y me haga más humano, más sensible, más apacible y me haga recordar que el mejor lugar siempre está en el hogar.

He decidido que voy a jugar más con mi gato y con mis cinco perros. ¡Y qué importa si dejan lleno de pelos y patas sucias todo lo que pisan, con tal que dejen el alma llena de alegría y compañía y dejen en mi vida su huella indeleble.

Voy a contar con más frecuencia y gozo todos mis pasos para recordarlos cuando ya sean escasos y poder decir que he existido porque verdaderamente he vivido.

Ya no seré uno más de esos muertos en vida, que viven sus días con más pena que gloria esperando que Dios y su misericordia les regale algún día un trozo de felicidad.

Voy a comenzar a hacer más y más eso que tanto me gusta y que a veces me asusta, porque al final de cuentas solo cuenta atreverse a ser uno y esa tarea no puedo relegarse a ninguno.

No viviré un año de engaño. La ciencia será que lo viva en conciencia porque a ciencia cierta no será si será el último año a vivir o si me quedará aun un largo porvenir.

¡Feliz año nuevo!

 

Arturo Álvarez es motivador, coach, conferencista y escritor. Creador y facilitador de talleres de crecimiento personal y espiritual. Es autor del libro La Oruga que quería ser Mariposa. También es conductor del programa radial Cuando Vuelves a Casa que se transmite todos los lunes de 5:00 pm a 7:00 pm por Columbia Estéreo 92.7 FM.

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¡Que tengas un gran viernes negro!

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¿Habrá este viernes negro en Costa Rica corazones duros e insensibles que salgan a la calle a comprar como si nada estuviera pasando?

¿Habrá personas más tentadas por la locura de descuentos y dos por uno en las tiendas, que por la locura y desesperación que están viviendo cientos de compatriotas por sus hermanos desaparecidos, por los bienes perdidos, por los ríos desbordados, los puentes caídos y el caos vivido tras el paso del huracán Otto.

¿Cuánto dinero tenías reservado para este viernes negro? Vamos, seamos honestos: ¿De cuánto estamos hablando? Y ahora te pregunto: ¿cuánto de todo eso que piensas comprar en esa locura de descuentos realmente necesitas? ¿Y cuánto de eso de verdad puedes dar a quien de verdad lo necesita?

¡Vaya ironía! Nosotros que ya habíamos adoptado en Costa Rica el viernes negro como si fuera un pedazo de nuestra esencia, y viene la Madre Naturaleza a ponernos los pies en la tierra.

De verdad que la vida tiene sus misterios, sus a veces macabras coincidencias, que de coincidencia estoy seguro que no tienen nada en absoluto.

¡Nos está tocando despertar de manera abrupta un viernes negro! ¡Vaya ironía! ¡Vaya porrazo!

Mientras las tiendas exhiben sus góndolas e inundan sus pasillos con cientos de promociones, en un rincón del país lloran muchos corazones.

¿Qué pesará más en su mente y en su corazón este día: esa pantalla de televisión al 50 por ciento de descuento, o será el lamento reflejado en cientos de seres que lo perdieron absolutamente todo, posiblemente hasta sus seres queridos?

Usted puede hoy tomar dos caminos: puede ir a la Cruz Roja, al centro de acopio local de ayuda y aliviar el dolor de muchos hermanos o puede volverse inhumano e indiferente y convertirse en el mejor cliente del algún buen comerciante.

Usted puede conectarse al computador, pues allí también puede también ser comprador o puede ingresar a su cuenta y darse cuenta que usted tiene para dar, que hay más placer en ayudar que en comprar, que consumir solo le da una alegría pasajera, pero ser solidario le regala una satisfacción duradera y verdadera.

Ojalá todo esta tragedia nos enseñe a ir soltando lo superficial, lo vanal y vayamos entendiendo que esta locura egoísta y consumista no nos lleva a ningún lado. O más bien, si nos lleva, pero a nuestra propia destrucción.  Ojalá recordemos que hace dos mil años nos invitaron a amar al prójimo como el camino ideal para ser verdaderamente felices.

¡Vamos! ¿Qué está esperando? ¡Que hoy hagamos todos juntos el mejor viernes negro de la historia!

 

Arturo Alvarez es escritor, coach personal, creador y facilitador de talleres y procesos de crecimiento personal. Es el autor del libro La Oruga que quería ser Mariposa. También es conductor, junto a Marcelo Castro y Patricia Taborda, del programa radial Cuando Vuelves a Casa, que se transmite todos los lunes de 5:00 pm a 7:00 pm por Columbia Estéreo 92.7 FM

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Ya no hay “lilas”, ya no hay “gatas”…

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¿Han escuchado ustedes todas las sandeces innombrables que les gritan a los jugadores en un partido de fútbol? ¿Han oído destilar esos ríos de rabia enconada que vomitan miles de seguidores del fútbol, especialmente en un estadio donde se enfrentan dos equipos de futbol tradicionalmente antagónicos?

Pues bien, todo eso puede desaparecer en un santiamén, como por arte de magia. Basta que ocurra algo como la muerte de un reconocido futbolista como el saprissista Gabriel Badilla para cambiarlo absolutamente todo.  Ya no hay “lilas”, ya no hay “gatas”, como suelen denominarse entre sí, despectivamente, los fanáticos de los dos equipos de futbol más populares de Costa Rica.

Ahora todos somos hermaniticos, ahora todos amamos a Gabriel Badilla, ahora no hay diferencias, ahora todos nos unimos, aunque en solo tres días esos equipos se vean las caras de nuevo y cada quien saque la versión más negra de su diccionario para derramarlo sobre todos los que se le pongan por delante.

Y yo me pregunto: ¿De verdad será que uno tiene que morirse para que lo amen así, con amor desbordante?  ¿Será que solo en el trance de la muerte, que vemos pasar abruptamente frente a nosotros, recordamos que todos somos una misma esencia, que no hay diferencia, que podemos amar y ser amados sin distinciones de colores deportivos, credos religiosos, orientaciones sexuales, nacionalidades o preferencias políticas.

¿Por qué se nos olvida tan rápido y unos días después de esa muerte volvemos a ser los mismos, los mismos que marcamos nuestra cancha, nuestro territorio, para dejar muy claro que el otro  nunca es mejor que yo, que merece ser atacado, ninguneado, vilipendiado y hasta acribillado?

¿Por qué será que no podemos cambiar este nefasto patrón en vida? ¿Será que la fragilidad de la muerte física despierta momentáneamente en nosotros la conciencia de un origen que nos es común y que ya viene grabado en nuestras células y que nos habla del respeto al otro como un algo sagrado, más allá de todos los defectos que tenga en su paso por la Tierra?

Y sigo de preguntón: ¿Y si nos atreviéramos a hacerlo diferente? ¿Qué tal si nos atreviéramos a amar a nuestro adversario, si pudiéramos ver en él un emisario, un mensajero para aprender de él y con él y crecer hasta trascender?

¡Miren todo lo bello que se expresa un país entero sobre un ser humano! Y si un día nos levantáramos de la cama todos, decididos a recitarle a todos los que se nos atraviesen en nuestro camino lo maravillosos que son, lo valiosos, lo importantes que son para nosotros, más allá de sus mal llamados defectos… ¿Qué tal si nos enfocáramos solamente en las virtudes, aceptando que cada quien vive sus propias vicisitudes?

¡Dirían que estamos locos, verdad! Pero no hemos descubierto que la verdadera locura es seguir denigrando a los otros, a los que no son como nosotros. La verdadera locura es seguir comprando ese viejo cuento de que la gente es malvada por naturaleza y no tener la entereza de expresar con soltura esa nobleza que llevo por dentro y que hace que no sea en vano llamarme ser humano.

 

Arturo Álvarez es coach personal, escritor y facilitador de talleres y procesos de crecimiento personal. Es el autor del libro La Oruga que quería ser Mariposa. También es conductor, junto a Marcelo Castro y Patricia Taborda, del programa radial Cuando Vuelves a Casa que se transmite todos los lunes de 5:00 pm a 7:00 pm por Columbia Estéreo 92.7 FM.

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Las siete lecciones de Trump

banderaNo señores. El monstruo no es como lo pintan. Que Donald Trump haya salido de las cavernas más conservadoras y radicales y que haya ganado la presidencia de la primera potencia mundial no es tan malo. ¡De verdad! Se los aseguro.

Sí, ya sé que tiene rostro de maniático y gestos severos. También sé que tiene un vocabulario incendiario y que algunas de sus exorbitantes ideas son un peligro para el planeta entero.

Miren, en la vida todo esconde un propósito maravilloso, superior, y, aunque nos duela, esta elección nos retrata. Y retrata no solo a su país, sino a todos como humanidad. Si las contáramos, encontraríamos decenas de lecciones que nos regala la elección de Trump como el presidente de Estados Unidos. Aquí les comparto siete de ellas.

  1. Hay que buscar y conocer siempre la otra cara de la moneda. Estados Unidos es mucho más que California y su Disneylandia; mucho más que Massachussetts y sus universidades (quizás las mejores del mundo); mucho más que Nueva York y su glamour; mucho más que una admirable potencia económica mundial. Estados Unidos es también la suma de miles de pequeños pueblos rurales donde habitan millones de campesinos y personas de muy escasa escolaridad que todavía viven y respiran un mundo de antaño donde el conservadurismo a ultranza está a la orden del día.
  2. No se vale subestimar a nadie. Hace un año y medio nadie daba un centavo por Trump. Los más connotados analistas hablaban de Donald Trump con desdén casi burlesco y le otorgaban posibilidades nulas de llegar al final de la contienda.
  3. El mundo hace rato dejó de ser un rebaño domesticado. Las encuestas ya no predicen triunfos, las fortunas ya no garantizan presidencias, los títulos y la trayectoria ya no cuentan; las imágenes cuidadosamente construidas por costosos asesores importan un bledo.
  4. Ponerle parches a lo que ya está roto no tiene sentido. Estados Unidos vive hace rato una falsa realidad: un concubinato profundo y escandaloso entre política y negocios; una farsa política adobaba con procesos electorales dudosos (como la elección de George W. Bush), un sistema bancario voraz, adicto a los rescates gubernamentales, y guerras artificiales creadas e infladas para oscuros intereses de unos cuantos.
  5. Conocer nuestro lado oscuro nos ayuda a sanarlo.  No se puede tapar el sol con un dedo.  Suena masoquista, pero poner al descubierto y resaltar el lado oscuro de Estados Unidos, o de cualquier ser humano, nos ayuda a entenderlo, a sanarlo, a trascenderlo, aunque antes haya que vivir antes un doloroso calvario.
  6. Las crisis nos empujan a reinventarnos. Estados Unidos se reinventó tras la Gran Depresión de los años 30; Alemania y Japón se reinventaron tras su derrota en la II Guerra Mundial. Muchos seres humanos han reinventado sus vidas a partir de una profunda crisis personal.
  7. Irradiar luz en medio de la oscuridad. Podemos sumarnos a los que se encuentran aterrorizados por lo que podría ocurrir en Estados Unidos y en el mundo y hacer así más grande esa oscuridad; o podemos elegir elevar nuestra vibración, nuestro despertar de consciencia, nuestra transformación interior porque comprendemos que el verdadero y único cambio en el mundo solo puede comenzar en nuestras mentes y corazones.

Arturo Álvarez es coach personal, escritor y facilitador de talleres de crecimiento personal. Es el autor del libro La Oruga que quería ser Mariposa. También es conductor, junto a Marcelo Castro y Patricia Taborda, del programa radial Cuando Vuelves a Casa, que se transmite todos los lunes de 5:00 pm a 7:00 pm por Columbia Estéreo 92.7 FM.

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¡Cantemos el himno nica!

ArturoSí, ya sé: la mayoría querrán mandarme a la hoguera. A muchos otros les dará nauseas, y unos más dirán que soy un costarricense de pacotilla con poco respeto por nuestra identidad y nuestros símbolos y valores patrios.

Pero lo diré sin tapujos, sin pelos en la lengua: yo estaría feliz de que en nuestras escuelas se cante el Himno Nacional de Nicaragua y, por qué no, también el de otros países, cuyos nacionales han comenzado a encontrar en este terruño abrigo, sustento y esperanza.

Amigos, les aseguro que no vamos a perder el pedigree por entonar las notas de un himno nacional de un país vecino en nuestra propia tierra.

De hecho, ni siquiera entiendo por qué tanto brinco si el suelo está parejo: setiembre es el mes de la Independencia de todo Centroamérica y aquí, en estas tierras, para bien o para mal, tenemos miles de niños de origen nicaragüense y obligarlos a olvidar sus símbolos patrios es un acto mezquino de nacionalismo que no encaja con el valor de fraternidad del que tanto nos jactamos.

No, nadie ha dicho que vamos a rendirle pleitesía a Daniel Ortega y su combo. Comparar nacionalidades con gobiernos es tan irracional como afirmar que los ticos nos odiamos a nosotros mismos solo porque tenemos el presidente más impopular de todo el continente.

Quisiera pensar que a estas alturas del partido ya los costarricenses estamos trascendiendo ese tufo de sentirnos los superiores en Centroamérica.

Quisiera pensar que no vamos a cortarnos las venas, ni a sentir como una afrenta el que entonemos, ocasionalmente, otros himnos en un acto que nos acerca más a convertirnos en ciudadanos del mundo y no en aldeanos que no queremos ver más allá de las narices de nuestras fronteras.

Ustedes díganme lo que quieran, pero tengo tantos amigos nicaragüenses, seres humanos maravillosos a los que amo con toda mi alma, que solo pienso en el gesto maravilloso de permitirles recordar sus raíces libre y espontáneamente y siento que eso los hará al menos un poco más felices.

Es que he escuchado sus historias, he presenciado sus lágrimas por toda la chota, burla, ninguneo y desprecio del que fueron víctimas desde que pusieron un pie en este país solo por el gran “pecado” de ser nicaragüenses. Y la verdad, eso no se vale. Eso pinta un retrato del ser costarricense del que no me siento precisamente muy orgulloso.

Ay, ya sé que muchos me mandarán a vivir lejos de aquí si no me siento honrado de la identidad costarricense. Claro que amo el ser tico y todo lo maravilloso que ello implica. Pero no seré yo quien tape el sol con un dedo. Al pan, pan y al vino, vino. Aunque nos duela, aunque nos caiga sal en la herida.

Ya basta de dobles caras. Ya basta de llenarnos la boca diciendo que somos el país modelo en el trato a los extranjeros que nos visitan. Es que somos buenos para “pelarle el diente” a los estadounidenses y otros occidentales que traen aquí sus dólares, pero parece avergonzarnos el vecino del país del norte que viene a ganarse el sustento con el sudor de su frente, haciendo muchas veces lo que los ticos hemos renunciado a hacer por considerar que no son trabajos dignos para nosotros.

Tenemos una doble moral espantosa cuando amamos al seleccionado nacional de origen nicaragüense, Oscar Duarte, por estar en el equipo patrio y hasta hacer goles en el mundial, pero desdeñamos a los otros miles de niños convertidos en adultos que tienen el mismo origen que él.

Nos toca bajarnos de la nube. Ya es tiempo. Nos llenamos la boca diciendo que somos un país educado, evolucionado y de nobles valores, pero seguimos levantando la barbilla, mirando por encima del hombro a los vecinos de al lado, presuponiendo que somos diferentes, que somos mejores.

Hago votos porque el nacionalismo vaya cada vez más cediendo lugar al humanismo, porque dejemos de ver progresivamente banderas y comencemos a ver en los otros simples y llanos seres humanos como nosotros, con sus propias fortalezas y flaquezas.

¿Será que aún no hemos abierto los ojos y descubierto que las migraciones en todos los extremos del orbe hablan a gritos de un sistema de fronteras, países y nacionalidades que comienza a desmoronarse a pasos agigantados?

Debe ser porque me tocó vivir en un país muy grande del norte donde los latinoamericanos son ninguneados por algunos fanáticos fascistas que hasta podrían tomar las riendas de ese país. Debe ser por eso que, seguro tontamente, sueño con que eso pronto sea solo un mal recuerdo de tiempos cuando los humanos habíamos olvidado que todos somos hermanos.

                                               

Arturo Álvarez es escritor, motivador y coach personal. Es el autor del libro La Oruga que quería ser Mariposa. También es uno de los conductores del programa radial Cuando Vuelves a Casa que se transmite por Columbia Estéreo 92.7 FM, todos los lunes de 5 a 7 pm.

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El niño que vive en mí

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Les juro que me miro al espejo y me digo: “¿de dónde salió ese tipo que ya peina tantas canas,  muy ralas por cierto, ese hombre de profundos surcos en el rostro?

Es que me asomo profundamente en mis ojos y les juro que a la vez veo ese chiquillo, ese mocoso cargado de sueños, miedos, ilusiones y esperanzas que un día fui. Pero a la vez es  como si él saltará desde dentro de mí y me gritara: “aquí estoy; mírame bien, sigo siendo el mismo”.

Yo me quedó mirándolo fijamente y puedo descubrir en él una mirada cómplice que me dice: “mira, lo estamos logrando; mira hasta dónde hemos llegado”. Y, lo confieso, a veces descubro en su mirada un signo de interrogación que me dice: “¿Adónde vamos? ¿Estás seguro que es por allí el camino?”

Es como si fuéramos dos personas distintas habitando un mismo cuerpo. Como si el adulto y el niño jugaran un juego de escondidas donde el adulto a veces olvida que el niño vive allí mismo, en su mismo cuerpo, en su misma alma;  y cuando lo olvida es precisamente cuando su vida se vuelve más seria, más monótona, más amargada y aburrida.

Ay, pero cómo costó que ese niño y yo hiciéramos las paces, nos hiciéramos amigos, nos perdonáramos, nos reencontráramos y nos amáramos.  Antes de lograrlo vivíamos como la canción de Alejandro Sanz: “con el corazón partio”.

Ahora que lo entiendo, y eso que acepto que he sido un cabeza dura, me pregunto cómo podríamos hacer para vivir divorciados de ese niño que nos habita y que nunca ha dejado de acompañarnos.

Porque el adulto es el tipo artificial, formal, rígido, programado y razonador que la sociedad nos enseñó a ser. Pero el niño, el niño es ese que en verdad somos: un puñado de sentimientos donde no cabe la razón; un puro sentir; una criatura espontánea, alegre, juguetona, curiosa,  impredecible; y especialmente un ser de corazón puro, alma noble, lleno de amor para dar a manos llenas.

Ahora que crecimos, a veces sentimos que hemos perdido la brújula, que  no le encontramos sentido a la vida. Y yo apostaría que eso nos ocurre, en gran parte, porque le hemos entregado demasiado el timón a un adulto que no sabe cómo enfrentarlo todo sin perder la alegría, la espontaneidad  y la fluidez que tienen a raudales los niños.

¿Será por eso que nos insisten tanto en que si no somos como niños no entraremos al reino de los cielos? Yo apostaría que ese reino de los cielos no es ni más ni menos que esa sensación maravillosa de gozo y amor que se esconde profundamente en todos nuestros corazones a la espera de que la dejemos salir para que se convierta en la brújula de nuestras vidas.

Un niño, aunque sea de modo inconsciente, tiene mucho más fresca que nosotros los adultos, la memoria de su verdadero origen, de su esencia. Está recién llegado al planeta y aun trae el “disco duro” original que espontáneamente le dice cuál es el estilo de vida que nos hace realmente felices.

Si todos somos hijos de una misma Fuerza Omnipotente, entonces, eso que son los niños, no es ni más ni menos eso que esa Fuerza quiso para todos nosotros y que hemos perdido irremediablemente en el camino por creernos que podemos reinventar la rueda de cómo debe ser y vivir un ser humano.

Ahora como adultos nos dicen que tenemos que visualizar con fuerza todo eso que queremos, pero, vaya ironía, eso ya los niños lo saben. En ellos habita una magia diferente: pueden ver amigos, héroes, hadas y duendes invisibles, que a nosotros, adultos cuadrados, nos parecen demasiada fantasía.

A ver, ¡pongámonos serios! Si queremos ser verdaderamente felices asomémonos a los niños y en cada uno de ellos encontraremos un gurú, un verdadero maestro, Y, asomémonos especialmente al niño que habita en nosotros. Él sabe que ya crecimos, pero no olvida que nuestra alma guarda esa pureza infantil que es nuestra huella imborrable.

 

Arturo Álvarez es motivador, coach, conferencista y escritor. Es autor del libro La Oruga que quería ser Mariposa. También es conductor del programa radial Cuando Vuelves a Casa que se transmite todos los lunes de 5:00 pm a 7:00 pm por Columbia Estéreo 92.7 FM.

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